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Opinion

Nuevos desafíos en la profesión: clientes que ya consultaron con la IA

Mariana Guzman
Mariana Guzman
28/04/20266 min. de lectura

La IA ya forma parte de la consulta jurídica: qué cambia cuando clientes y colegas llegan con respuestas generadas por sistemas inteligentes y por qué el criterio profesional sigue siendo decisivo.

El ritmo fugaz de la IA en los últimos meses nos ha demostrado su transversalidad e impacto en todas las disciplinas. En el ámbito del Derecho, los sistemas inteligentes dejaron de ser una herramienta lejana para convertirse en un recurso cotidiano. Hoy, esta tecnología no solo comienza a ser utilizada por abogadas y abogados, sino también por sus clientes.

En una sociedad que demanda inmediatez, comodidad desde el hogar y poder de síntesis constante, utilizar diferentes plataformas para realizar preguntas técnicas complejas se volvió parte de nuestra rutina. En un contexto de fácil acceso a la información y atravesado por las lógicas que imponen las redes sociales, se tiende, prima facie, a legitimar las respuestas obtenidas.

El ámbito jurídico no es ajeno a ello. Las personas acuden a un estudio con ideas firmes ya elaboradas y un nivel de seguridad que parece difícil de cuestionar, al haber interactuado previamente con la IA. Esta dinámica comienza a traducirse en situaciones puntuales: desde consultas basadas en interpretaciones normativas incorrectas hasta estrategias legales construidas sobre precedentes inexistentes. El problema no es solo el error, sino el punto de partida desde el cual se construye la consulta.

Frente a este escenario, el ejercicio profesional cambia: nace el desafío de comprender los límites de las nuevas tecnologías y, sobre todo, poder explicarlos.

Los alcances de “comprender”

Hablar de “comprender” la inteligencia artificial no implica empaparse de informática ni conocer en detalle el funcionamiento técnico de estos sistemas. Menos aún, delegar criterios jurídicos en sus resultados.

Si comparamos con la práctica diaria, no estamos ante un problema completamente nuevo. El ejercicio de la profesión siempre ha significado trabajar con fuentes que requieren interpretación. La diferencia es que ahora esa “fuente”, utilizada sin los conocimientos necesarios, puede producir respuestas que reúnen características muy novedosas por ser erróneas, bien redactadas y con apariencia de certeza.

Tal fenómeno introduce un nuevo tipo de riesgo en la materia: la “falsa certeza automatizada”. A diferencia de otras fuentes tradicionales, la inteligencia artificial no expone dudas ni matices en su formulación, lo que dificulta identificar sus límites si no se cuenta con criterios claros para su evaluación.

En este marco, el primer desafío a transitar, como parte de la competencia en el ejercicio, será entender aspectos básicos de su uso.

Un cambio de dinámica

Desde quienes deciden auto asesorarse sin llegar a la instancia de consulta, hasta clientes que se acercan con la convicción de una salida legal conveniente, aunque con una respuesta errónea, el rol profesional necesita contemplar un paso previo: intervenir estratégicamente esas respuestas.

Este nuevo primer paso no se reduce a aportar criterio jurídico al caso en particular, sino que requiere de métodos y herramientas que permitan analizar, contrastar y explicar el alcance de esas respuestas. La validación deja de ser implícita para convertirse en una instancia activa del ejercicio.

¿Y si en lugar de clientes fueran colegas quienes en etapas prejudiciales, de negociación o elaboración conjunta de acuerdos, recurren a la IA sin interpretar o verificar sus resultados?

El problema no se limita a la cartera de clientes. El uso inadecuado de estas tecnologías comienza a impactar directamente en la interacción profesional: acuerdos que avanzan sobre bases incorrectas, negociaciones que parten de supuestos inválidos o tiempos que se pierden corrigiendo lo que inicialmente se asumió como válido o no se corroboró.

Entre el interés y la validación

Siempre ha sido común que, ante un conflicto, las personas busquen asesoramiento legal con una expectativa: una mirada propia del caso, cierta carga de subjetividad o una idea anticipada del resultado. Referencias de gente conocida, comparaciones de honorarios o experiencias ajenas como referencias propias de una consulta.

En el entorno digital actual, esa situación se ve reforzada al poner sobre la mesa respuestas generadas mediante estas nuevas herramientas, que no solo aportan información sino también una aparente validación. Así, quien consulta suma, a su posición, un desenlace deseado y aparentemente viable, buscando, muchas veces, su confirmación.

Incluso a posteriori, cuando el asesoramiento otorgado no coincidió con las expectativas, es frecuente que se vuelva a recurrir a la IA para corroborar lo dicho por su letrada o letrado o para seguir buscando una alternativa que respalde el interés.

Es aquí donde la capacidad de explicar adquiere un valor diferencial, integrando lo tradicional con lo emergente, sin perder el componente humano de la profesión: el contacto, la experiencia y el criterio construido en la práctica. Traducir por qué una respuesta aparentemente correcta no lo es, cuáles son sus límites y cómo impacta en el caso en particular.

Como segundo reto se abre una nueva dimensión en la práctica jurídica: la necesidad de acompañar y reconducir instancias previas y posteriores de validación.

¿Por qué detenernos en esta problemática?

Porque en el centro del ejercicio sigue estando el vínculo con cada cliente. La construcción de confianza, la claridad en la comunicación y la posibilidad de acompañar procesos de decisión continúan siendo eslabones irremplazables.

Sin embargo, actuar con indiferencia o resistencia frente a la evolución tecnológica no es una reacción prometedora. Si bien nos encontramos ajenas o ajenos a su control, existe una posición indiscutible frente a sus límites. Y es aquí donde cada profesional del Derecho sigue siendo imprescindible.

Desde un sentido estratégico, podemos señalar que a las habilidades propias y esenciales de la abogacía es óptimo sumar nuevas herramientas digitales que permiten conectarnos con clientes y enriquecer el trabajo jurídico en sus distintas etapas. Permitiendo, incluso, anticiparnos a dudas o argumentos que puedan aparecer, otorgando la ventaja de liderar la conversación con solvencia técnica.

Así las cosas, utilizada con criterio, la inteligencia artificial puede convertirse en una gran aliada para el ejercicio profesional. Permite agilizar tareas, ordenar información y explorar alternativas con mayor rapidez. Con mínimas consideraciones, casos que significaban días de lectura, análisis y búsqueda, hoy se simplifican en minutos.

Lejos de suponer un reemplazo del rol, cabe destacar que la incorporación de nuevas tecnologías se orienta hacia una asistencia e integración con la práctica diaria.

Es en esa combinación, tecnología y criterio profesional, donde se construye un uso verdaderamente responsable y eficaz.

La reflexión como tercer desafío

En un escenario en continuo movimiento, el ejercicio profesional no se redefine por lo que la tecnología puede hacer, sino por aquello que sigue requiriendo intervención humana: el criterio, la responsabilidad y la capacidad de seguir construyendo confianza.

En un entorno donde las respuestas circulan con facilidad y convencimiento, el verdadero valor no está en producir más información, sino en comprender primero para aportar claridad después. Y es precisamente en esa tarea donde el rol de cada abogada o abogado se mantiene y cobra fuerza.

Productividad jurídica

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